Periodismo y Universidad Génesis y Evolución del Periodismo en las Universidades Dominicana

Por: José Luís Sáez, s.j.*

La enseñanza del Periodismo a nivel universitario o simplemente profesional no ha cumplido aún un siglo. La enseñanza de la Comunicación Social, como es obvio, está en su adolescencia y, en poco tiempo, ha tenido que someterse a revisiones, modificaciones y actualización, forzada por el panorama cambiante de los medios y la estructura de la misma sociedad. Aunque no es el único caso, la misma carrera de Comunicación Social y el mercado en que encuentra demanda, ha contribuido a dar un nuevo giro a la función universitaria.

Escuelas para periodistas y escuelas de Periodismo

Aunque hay coincidencias y similitudes, la aparición y evolución de las escuelas de Periodismo ha seguido un curso diferente en éste y en aquél lado del Atlántico. La razón debe estar en el concepto que ambos lados han tenido o tienen aún del Periodismo y, por supuesto, de la misma Universidad, no importa que sea pública o privada.

Hay que reconocer que la primera escuela fue la creada en Francia bajo la tutela de la Universidad de París en 1899. Sin embargo, hasta 1937 no se erige, por decreto del Ministerio de Instrucción Pública de la República Francesa, el Instituto de Ciencias de la Prensa, adscrito a la misma Universidad de París, y probablemente como resultado de la Magna Exposición de la Prensa, celebrada en Colonia en 1927, cuando se consideró al Periodismo como estudio de Cultura Superior.

De este lado del Atlántico, parece que hay que reconocer la primacía, como dicen los historiadores de la Prensa, a la escuela de Periodismo creada en la Universidad de Wisconsin en 1905, seguida de otra similar en la Universidad de Missouri en 1908.

(*) Profesor del Departamento de Comunicación Social (Universidad Autónoma de Santo Domingo). Miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana.

En uno u otro caso, la enseñanza del Periodismo era una cosa totalmente nueva, e incluso llegó a pensarse si realmente tenía razón de ser eso de enseñar la técnica del Periodismo en un aula universitaria. Como se decía entonces, y se ha repetido muchas veces después, para ser periodista, lo únicamente necesario era saber escribir, y éso lo hacían mejor que nadie los escritores. Recuérdese que el mismo periodismo norteamericano, desde la época colonial, era oficio de escritores o de políticos que manejaban la oratoria. Por eso, ejercen el Periodismo Benjamín Franklyn, Washington Irving y Samuel Clemens (Mark Twain), como antes lo habían hecho en la Metrópolis escritores como Daniel Defoe, Jonathan Swift, Walter Scott y otros.

Los “aprendices”, alumnos o novicios, que no eran escritores antes de entrar a trabajar en un periódico, tenían que pasar por la etapa de gacetilleros, reporteros, cronistas, y después “graduarse” de periodistas, como los que estaban en la sala de redacción desde años atrás,  y a los que había que anteponer un “Don” cada vez que se hablaba con ellos.

Pero, cuando empieza la época del periodismo de gran empresa, se hace preciso someter a los escritores a una preparación académica que garantice mayor efectividad, porque ya no se puede contar con escritores de profesión como había sido norma en el siglo XIX. Por tanto, los empresarios son los que obligan, por decirlo así, a las universidades como King´s College o Columbia University en 1910, a abrir escuelas de periodistas. Es decir, el periodismo de empresa o “la empresa del periodismo” inventa las escuelas de periodismo, y las universidades asumen un papel más: abastecedoras de mano de obra cualificada.

Del otro lado del Atlántico, la historia siguió un rumbo diverso. Primeramente, la Universidad tiene ya otra función cuando asume la formación de los periodistas y crea las primeras escuelas profesionales.

No se piefe negar que la Universidad, como institución social, es heredera de un pasado que está vinculado a la vida conventual, y aislado de la misma sociedad. Todavía en este siglo, pensadores de tanto prestigio como José Luís Aranguren, catedrático de la Universidad de Madrid, tratan de marcar una línea divisora entre Universidad y progreso del pensamiento y de las ciencias, precisamente para desmitologizar a la misma Universidad.

En un trabajo publicado en 1967, afirma el filósofo español que si la Universidad fuese la sede exclusiva de la ciencia, iría por delante de la sociedad.

“Durante toda la Edad Moderna – dice Aranguren en su trabajo – el papel de la Universidad fue retardatario, reaccionario, oscurantistas: toda la ciencia moderna desde galileo y antes.

toda la filosofía moderna desde Descartes y sus más o menos confusos predecesores, se ha hecho   fuera de la Universidad; más aún, a pesar de ella”. Después de demostrar cómo los grandes profesores hacían sus aportes fuera de la Universidad, porque en la Academia enseñaban una cosa que no tenía nada que ver con lo que ellos creaban, asegura el filosofo español que “fue menester esperar la fundación de la Universidad de Berlín y del ´University College´ de Londres para que las universidades recuperasen en su gran siglo, el XIX, la función dinámica, creadora, verdaderamente libre, que les compete. Y aún así, ni Comte ni Marx, y apenas Schopenhauer y Nietzsche, fueron profesores universitarios”. 1

Si consideramos que la Universidad no es la depositora exclusiva del saber, las artes y los oficios se adquieren y se ejercitan fuera del claustro de la universidad. El oficio de periodista, por ejemplo, seguirá aprendiéndose únicamente en el taller de prensa o en la “sala de redacción”. Allí están los maestros que transmiten de generación a generación los conocimientos y la técnica propios del oficio. Y la tradición se mantendrá, naturalmente, hasta tanto no aparezca el periodismo de empresa, como ya hemos visto en el caso de Norteamérica en el siglo XIX.

Por eso, la misma España no creará una Escuela de Periodismo con carácter oficial hasta 1943. Los periodistas seguirán siendo los escritores, y ninguno de ellos sale de la Universidad ni de escuela alguna que enseñe el arte del periodismo. Ahí están Modesto Lafuente, Mariano José de Larra, Francisco Navarro Villoslada, Manuel Silvela, Mariano de Cavia, Leopoldo Alas “Clarín”, Ramiro Maeztu y otros muchos. Lo mismo sucederá con José Mármol y Bartolomé Mitre de Argentina, José Martí y Ramón de Palma en Cuba, Juan Montalvo en Ecuador y otros tantos en el resto de la América de habla castellana. 2 

En esa misma tradición europea, y sobre todo española, el periodismo dominicano estuvo en manos de los escritores o de esa burguesía ilustrada hasta mediada la era de Trujillo (por lo  menos hasta que aparece El Caribe). Ahí están de ejemplo Manuel de Jesús Galván, Fabio Fiallo, Arturo Pellerano Castro, Tulio Cestero, Ramón Emilio Jiménez, José Ramón López, y hasta la década de los cincuenta, Héctor Incháustegui Cabral, Ramón Marrero Aristy y Néstor Caro, entre otros.

Aunque ya se había pensado crear una institución que se ocupara de preparar a los futuros periodistas cuando el Instituto Profesional se transformó en Universidad de Santo Domingo en 1914, tardaría mucho en materializarse la idea. La “escuela” de periodistas seguiría siendo la sala de redacción de los periódicos, y el talento, habilidad, y docilidad del candidato, serían las únicas variables para la promoción.

El 9 de abril de 1942, el Consejo Universitario de la misma institución, crea el Instituto de Periodismo, dependiente de la entonces Facultad de Filosofía, y lo pone bajo la dirección del Licenciado Manuel A. Amiama. Las funciones de este Instituto eran “recopilar elementos para las futuras creaciones extranjeras  que se refieren a la República Dominicana, y la supervigilancia de la hemeroteca de la Biblioteca Dominicana Universitaria”. 3  Es decir, el Instituto de Periodismo cumpliría una función documental, pero al mismo tiempo sería también una especie de órgano de propaganda. De ningún modo sería aún escuela de periodistas.

El siguiente paso se daría el 24 de enero de 1953. Mediante la Ley 3476, se agregaba un acápite al artículo 5 de la Ley de Organización Universitaria de 1937, y se creaba la Escuela de Periodismo, en la misma Facultad de Filosofía, con un pensum de doce materias básicas, distribuidas en dos años. 4  Los primeros graduados de la escuela saldrían en 1954, como es natural. Los profesores eran Manuel A. Amiama, Ramón Lugo Lovatón, Manuel Valdeperes, Manuel Machado y Francisco Prats Ramírez. 5

El pensum, además de dos materias directamente relacionadas con la técnica periodística, es decir, redacción de noticias (“Noticias y Reportajes” en primer curso, y “Tipografía, titulares, redacción y Editoriales” en segundo), incluía Derecho de Prensa, nociones de derecho constitucional dominicano, geografía e historia dominicanas, historia universal y del periodismo.

Dada la baja inscripción y la improvisación de la escuela, el pensum sufrió modificaciones de uno a otro, cambiándose materias de primer curso a segundo o viceversa. En el año académico 1955-56, precisamente por falta de alumnado, se fundieron los dos cursos en uno. Y, tres años después, cuando se cerró la escuela, sólo había dieciséis alumnos inscritos.

En 1962, una vez liquidada la tiranía, se restablece la Escuela de Periodismo, otra vez como dependencia de la Facultad de Filosofía, Ciencias y Educación. Esta vez se inscribe sesenta y cinco alumnos (“periodistas empíricos”), y el título que se ofrece es el de Licenciado en Ciencias de la Información. Los primeros seis licenciados se graduarán en 1967.

Aunque el nuevo pensum, dividido en tres años, abarca un poco más que el de la primera Escuela de Periodismo, no es mucho mejor. Sigue siendo un “baño general” de conocimientos básicos del periodismo en el plano teórico, relleno de una serie de materias de lo que algunos denominarían “cultura general”, incluyendo cosas como “Elementos de traducción de idiomas extranjeros con relación al periodismo y a las relaciones públicas”, dividida en dos cursos.

El profesorado de esta nueva escuela, que cambiaría su nombre por el de Escuela de Ciencias de la Información Pública el 28 de agosto de 1964 (Resolución 64-229), estaba compuesto por siete abogados, dos licenciados en Filosofía y un estudiante de Pedagogía. De estos diez profesores, sólo dos ejercían entonces el periodismo, aunque cuatro lo habían ejercido alguna vez en el pasado. 6

Como es natural, los cambios sociales y, sobre todo, la modernización de los medios, obligó a la nueva escuela a mejorar su pensum, aunque el énfasis recayese aún en el periodismo escrito tradicional casi exclusivamente, porque el mercado de trabajo seguía siendo el mismo. La evolución se iniciaría a partir de la conversión de la Escuela de Periodismo en Departamento de Comunicación Social, mediante resolución 71-201 del 17 de septiembre de 1971. 7   Ese sería el punto de partida de la historia reciente de la formación universitaria del periodista dominicano y, no hay por qué negarlo, el arranque de muchos problemas que aún se confrontan. La nueva institución va a exigir revisión permanente de los problemas, mejoras en las facilidades técnicas y, por supuesto, elevación de la calidad profesoral. Ya no se puede hacer comunicadores sociales con dos o tres abogados que, alguna vez, fueron columnistas de algún periódico ya desaparecido, ni bastará con manejar bien el Manual de Ortografía  de don Luís Miranda Podadera o la Gramática de Añorga.

Por fin, el 18 de agosto de 1978, mediante resolución 216-78 del Consejo Técnico de la Facultad de Humanidades, se pone en vigencia un nuevo pensum actualizado, que establece ciento sesenta créditos como requisitos para optar por el título de Licenciado en Comunicación Social, y agrupa las materias, tanto obligatorias como optativas, en dos cátedras.  1. Teoría e Investigación, y 2. Redacción y Medios. A las materias del pensum anterior, se añadieron Hemerografía y Hemerocrítica, Periodismo Iconográfico, Introducción al estudio de los lenguajes no verbales, y Técnicas de Investigación de la Opinión Pública, sin contar las materias de otros departamentos, como Estadística General, Economía Dominicana, Historia del Pensamiento Científico y Derecho Internacional.

En la actualidad, se procede a una revisión del pensum, se ha creado el Instituto Nacional para la Investigación de la Comunicación (Resolución 85-35 del Consejo Universitario, 30 de enero de 1985), y la unidad académica en cuestión cuenta con quince profesores, de los cuales once son graduados en el área de Comunicación Social o han realizado estudios especiales en ella. Sólo ocho de ellos proceden de la misma universidad estatal, cuatro ejercen la profesión en una u otra área, y solamente uno dirige un medio de comunicación. En cuanto a la ambigüedad, sólo cinco profesores han cumplido nueve o más años en el Departamento en forma ininterrumpida.

A pesar de la creación de una unidad investigativa y la organización de un Centro de Documentación, sólo se realizan trabajos esporádicos en el área y, en su mayor parte, como proyectos individuales y sin el apoyo económico de la Universidad. Se mantiene como publicación oficial la serie Cuadernos de Comunicación, aunque su salida es irregular y no da siempre cabida a trabajos de la autoría de los profesores del Departamento. En cuanto a los estudiantes, a partir de 1970 se edita el periódico El Universitario que se diseñó como trabajo práctico al servicio de las materias relacionadas directamente con la elaboración y confección de una publicación periódica.

Al llegar a ese punto de la evolución de la carrera de comunicación social en nuestra Universidad, habría que considerar que considerar si la demanda de egresados siguió al mismo ritmo y proporcionó  la creación de medios de comunicación masiva. Porque, entre 1962 y 1972, por tomar sólo esos diez años primeros, reaparece el Listín Diario, se fundan El Nacional de Ahora (1966), y Ultima Hora (1970), y crecen los noticiarios de radio y de televisión, hasta llegar a la “explosión” actual.

Sin embargo, los periódicos, aun los modernos, siguieron el modelo tradicional del periodismo dominicano: funcionaban mejor con periodistas empíricos o con escritores de tercera categoría, porque los de la década de los cincuenta han desaparecido ya de las salas de redacción y aparecen de vez en cuando en la política o en la administración.

Pero, ahora se añade un factor nuevo, incluso en radio y televisión: las empresas recelan del graduado de la UASD, o sencillamente no se fían de su preparación o capacidad profesional, y le hacen pasar por el mismo “escalafón” establecido ya en el siglo pasado, aunque los directores no sean maestros, sino gacetilleros promocionados.

Aunque parezca un tanto incoherente, las grandes empresas periodísticas defenderán la formación profesional del periodista. A fin de cuentas, de un trabajador bien preparado se deriva una producción de mejor calidad, y, por tanto, mayor demanda y mayores ingresos. Lo que no les agradará tanto, y éso se vio claramente en las vistas públicas del 11 y 18 de junio de 1980, cuando se debatía el Proyecto de Ley de Colegiación obligatoria, es que la formación del periodista vaya más allá de la simple técnica de redacción, (buena gramática y buena sintáxis) y, mediante el dominio de todo ese mundo de la comunicación masiva, se convierta en un profesional de más amplio vuelo.

A esas alturas, existían ya tres instituciones dedicadas a la preparación de periodistas. Además del Departamento de Comunicación Social de la Universidad Autónoma, funcionaba el Instituto Dominicano de Periodismo, que luego se fundiría con la

Universidad Central del Este (UCE), en San Pedro de Macorís,  mientras el panorama de los medios de comunicación había sufrido ya cambios de importancia. A partir de 1979, la televisión se haría más compleja y profesional, los noticiarios se han visto forzados a renovarse, y todo éso abre nuevas posibilidades a la carrera y al profesional de la Comunicación Social. En poco tiempo, el país dispondrá de dos escuelas más de Comunicación: la Universidad O & M y la Universidad Católica de Santo Domingo, abrirán carreras, más o menos adaptadas al mercado nacional entre 1983 y 1985. La Universidad Autónoma, sin embargo, será aún la que ofrece mejores posibilidades, además de disponer de un nuevo programa: la Maestría en Comunicación Social en el área de Políticas y Planificación, que se inició en 1988. 8

 

Periodismo y modelos universitarios 

 

Además del cambio que se imponía en la estructura y función universitaria en la Edad Moderna, como afirmaba Aranguren en el artículo citado, la Universidad Latinoamericana se ha visto en la necesidad de repensar su papel, sobre todo después del debilitamiento – algunos le llamarían abiertamente “fracaso” – del modelo establecido en Córdoba en 1918. La fidelidad a la democratización de la enseñanza, la pretendida asequibilidad del saber y de la profesionalización, sorprendió a la universidad latinoamericana, que se enorgullecía de su carácter abierto y democrático, en un callejón sin salida, sobre todo en los países en que más debilitada estaba la estructura de clases. Mientras la universidad proclamaba en sus Estatutos que su misión única era la búsqueda de la verdad, la proyección del porvenir de la sociedad y el afianzamiento de sus valores, la masificación progresiva y el proceso de modernización de la sociedad, la iban transformando en un centro de adiestramiento de mano de obra cualificada para el Estado o la industria privada. De centro de investigación y eje del pensamiento social, la Universidad se transó por la solución más factible, y quedó reducida en poco tiempo, a una factoría o, como dirán algunos, una “universidad-fábrica”. 9

Sin embargo, ese concepto de “universidad-fábrica” y su correlativo de “universidad masa” no tienen por qué condenar a la institución academia a la extinción,  ni hacerla renunciar a su papel crítico frente a la sociedad o a cumplir su función de verdadera “escuela del pensar”, aunque se trate de una universidad estatal. No quisiéramos que el derrotismo sea la única actitud posible. La masificación escolar y la creciente estrechez económica de una institución estatal no deben tener como única solución la transformación de la función universitaria. Sin caer en un elitismo clasista, tan problemático como el que criticaban los reformadores de Córdoba, la Universidad no puede renunciar a su carácter y misión selectiva, y más cuando se trata de una Academia de un país en vías de desarrollo. El saber no es un privilegio clasista, pero forma parte de una comunidad de investigación y

búsqueda de la verdad, es decir, de la comunidad universitaria, debería ser aún privilegio de selectos. Por éso, no importa que haya escuelas, institutos y academias que ofrezcan ciclos cortos en disciplinas directamente orientadas al mercado de trabajo, pero universidades debe haber pocas, cada vez menos.

Cuando nos enfrentamos al problema de la formación de Comunicadores Sociales, y no de simples periodistas, debemos plantearnos de nuevo qué clase de profesional queremos formar, y para qué o para quiénes lo vamos a formar. Si la Universidad en su totalidad no quiere ser una institución que sirva mano de obra barata y eficiente a la empresa periodística, y decide ser agente de cambio, los programas de estudio y el mismo estudiante tienen que tener su mira puesta en algo más que encerrarse en una sala de redacción para perpetuar los esquemas de los antepasados. La Universidad, decía el mismo Aranguren, debe ser “inventora de nuevos modelos de comportamiento cultural”, y no simple reproductora pasiva del atraso social”. 10

Para calibrar el aporte que han hecho las escuelas universitarias de Comunicación Social, bastaría con hacer un listado de los egresados de los últimos quince años que trabajan en algún medio de comunicación, qué posición ocupan y qué rendimiento detectable han tenido. A través de los resultados de la encuesta realizada por Manuel Quiterio Cedeño, Fausto Rosario y Rafael Núñez Grassals para el Quinto Congreso de la Prensa, sabemos en qué trabajan los que entran en la categoría de “periodistas”. 11  Por experiencia, y aventurándonos un poco, podríamos decir que, sólo alrededor de un sesenta y siete por ciento de los periodistas en ejercicio en algunos de los medios de comunicación, son egresados – y con la carrera terminada –, de algunas de las escuelas profesionales del país. Más aún, de los veinte casos que se incluyen en las categorías de “ejecutivos de redacción”, “jefes de redacción” y “directores”, sólo un treinta y dos por ciento han salido de las aulas universitarias. Si a esto añadiéramos los “diplomados” que se han dedicado o se dedican, de un modo u otro, a la investigación o a la docencia, el panorama sería un poco más completo y realista, aunque los resultados no fueran alentadores.

Independientemente de la calidad de los periodista egresados de las aulas de cualquiera de las universidades del país, son cada vez menos los “lectores” que consideran al periodismo un género literario menor o incluso un refugio de los literatos fracasados, como se oía con frecuencia hasta los años cuarenta y cincuenta. Cualquiera de los estudiantes, por muy bajas que sean sus miras, comprueba día a día, que las exigencias que le impone el presente en su carrera son cada vez mayores. Si la empresa periodística tradicional – los periódicos que ya han cumplido más de veinte años, aunque sea en su segunda etapa –, sigue limitando sus exigencias “profesionales” al dominio de la redacción estandarizada, el acceso a otros

medios, como la televisión, requiere que el nuevo profesional sepa algo más que redactar con esmero. El reportero de televisión, sin ir más lejos, se enfrenta a diario a un problema estilístico, ideológico y hasta dramático. De su guión previo y las informaciones que obtenga en la calle, tiene que seleccionar y decidir las “unidades” que integrarán su trabajo final, el orden en que se presentarán, la orientación o “intención” del reportaje y, sin duda, la capacidad que tenga de “ganarse la benevolencia” de los televidentes. Y para todo eso no basta con haber cursado y aprobado seis semestres de redacción periodística: es preciso dominar lo básico de la teoría de la comunicación, lo más elemental de la estructura del cine y la televisión y, por supuesto, los reclamos de la publicidad y la propaganda.

La actualización del pensum de las escuelas de comunicación social no sólo se reducirá a una puesta al día de las materias, su contenido y su bibliografía. Esa sería una actitud de supervivencia y, a todas luces, conservadora. Una renovación curricular exige también que se abran nuevas pistas y posibilidades al estudiante, y que otras – el periodismo tradicional, pongamos por caso – se reduzca a una “carrera técnica” más o se dejen en manos de otras instituciones menores. La Universidad concentrará sus fuerzas en especializaciones, ya sean maestrías o sencillamente “carreras auxiliares” (radio, televisión, prensa popular) y, por supuesto, en publicaciones e investigaciones. Sólo de ese modo podrá evitar que la gran empresa la transforme sin querer en su abastecedora más barata y apta, y cumplir con lo que siempre fue su cometido: un órgano activo de cultura, libre, ágil, y crítico de la sociedad que muchas veces se convierte, como decía Gregorio Marañón, en “retardataria y parsimoniosa” como esa cultura que llamamos “oficial”. 12

NOTAS

  1. José Luís L. Aranguren, “Universidad y Sociedad”, Cuadernos para el Diálogo. Extraordinario, núm. V. Madrid, mayo 1967, pág. 3.
  2. Martín Alonso, Ciencia del Lenguaje y Arte del Estilo. 12ª ed. Madrid: Aguilar, 1975, tomo I, pp. 503-507.
  3. Juan Francisco Sánchez, La Universidad de santo Domingo. La Era de Trujillo, vol. 15. Ciudad Trujillo: Impresora Dominicana, 1955, pág. 220.
  4. Gaceta Oficial, n. 7520 (1953), pág. 3. Reproducida en Juan F. Sánchez, op. Cit., pág. 395.
  5. Mirna de Frías, Utilidad y factibilidad de la enseñanza universitaria del periodismo en la República Dominicana. Tesis de grado. Inédita. Santo Domingo: UASD, 1967, pp. 9-10.
  6. Ibid, pág. 24.
  7. Onofre de la Rosa, “Historia y función docente-administrativa del Departamento de Comunicación Social”. Ponencia del I Convivio para un diagnóstico del Departamento (Jarabacoa, 18-20 enero de 1985), pág. 8. Cuando aún se denominaba esta unidad académica “Escuela de Ciencias de la Información Pública”, se tenía al periodista como “aquella persona que tiene por oficio escribir para un órgano de difusión, con el objetivo de informar y orientar a las masas”. El pensum estaba compuesto por treinta y seis materias, mientras las modificaciones aprobadas por la Resolución 72-541 del consejo Técnicos de Humanidades (17 de noviembre de 1972), establecía los “niveles” de técnico y licenciado, con cuatro a seis semestres respectivamente, y establecía un total de 135 créditos, además de la tesis, para optar por el segundo nivel.
  8. Mientras tanto, en América Latina se registran ya 190 escuelas o departamentos de Comunicación Social. Brasil y México están a la cabeza de la lista con 71 y 42 escuelas respectivamente. Sigue la Argentina con 21, Perú con 10 y Colombia con 11. Otros países, como Chile, Ecuador y Venezuela, sólo disponen de siete, cuatro y tres escuelas respectivamente. José Marques de Melo, “Desafíos actuales de la enseñanza de la comunicación: Reflexiones en tono a la experiencia brasileña”, Dia –  logos de la Comunicación, núm. 19 (Lima, enero 1988), pp. 4-13. En cuanto al curriculum y modalidades de la carrera, véase el trabajo de Joaquín Sánchez, S. J., “Criterios para la formación de comunicadores sociales en América latina”, Signo y Pensamiento, núm.1 (Bogotá, 1982), pp. 34-70; Raúl Fuentes Navarro, “El diseño curricular en la formación Universitaria de comunicadores sociales para América Latina”, Dia-logos de la comunicación, núm. 17 (Lima, junio 1987), pp. 77-87.
  9. Alfredo Tecla Jiménez, Universidad, Burguesía y Proletariado (México, 1976), reproducido en la obra de Pablo M. Hernández, Planificación, Universidad y Curriculum. Santo Domingo: Editora UASD, 1986, pp. 117-232.
  10. José L. Aranguren, op. cit., pág. 3.
  11. Manuel Quiterio Cedeño, Fausto Rosario y Rafael Núñez Grassals, “Salario, Pluriempleo e Ingresos en el Periodismo Dominicano” (Santo Domingo, 1988), reproducido en este número.
  12. Gregorio Marañón, Vida e Historia, 8ª ed. Colección Austral, n.185. Madrid: Espasa Calpe, 1962, pág. 68.
Publicado en