El medio como espectáculo (I)

7 de octubre de 2005

Por: Emilia Pereyra

Los medios de comunicación criollos experimentan  en nuestras narices un cambio acelerado en la forma de concebirse y presentarse al público, y en su afán por ganar audiencias y anunciantes están usando recursos histriónicos y atrabiliarios.

¿Es nocivo hacer espectáculo? Los hombres y mujeres dedicados durante años a las tablas y al arte de recrear al público nos han mostrado que no. El show es necesario. La existencia sería grisácea sin las mieles  del teatro, el canto  y  la  música.

Entonces, ¿qué papel juega el medio dedicado a informar y orientar cuando se convierte en lo que no está destinado  a ser?  Pierde credibilidad, rigor informativo y las audiencias menos educadas se confunden con la mezcolanza.  Es difícil saber qué es cierto,  qué es diatriba y qué es verdad a medias.

No es sólo que el paquete informativo que muchos medios ofrecen está envuelto en el relampagueante ruido de estos tiempos de destapes y voces  tremebundas.  También muestran un cambio en sus contenidos.

¿Es negativa esta profusión de programas de “estrellas”, muchas de ellas insultantes, bullangueras y hasta caricaturescas? El tiempo dirá, pero de entrada es tal la avalancha informativa contaminada, tanta la sustancia mezclada con la sandez y la payasada que al oyente o espectador común le resulta muy difícil separar la paja del trigo verdadero.

No obstante, no hablamos de  una generación revolucionaria de comunicadores osados y agresivos. Es realidad  recurren a una fórmula harto ensayada en otros lugares (Europa, Estados Unidos y Sur América) y logran rápida notoriedad  en una población que abona el chisme e infla  el rumor desde la época de la colonia.

A través de la radio y la televisión de los últimos años vemos desfilar a una camada de voces que mantiene encendido  el fuego del escarnio, y a determinados periodistas que airean temas “profundos y serios”  y centran en sus figuras la credibilidad del mensaje. Para muchos ingenuos, ya no importa lo que se diga, ni la manipulación que pueda existir en el mensaje. Lo fundamental es quién lo diga. El o ella, voz situada en la cúspide del pedestal.  ¿Cómo se ha logrado esto? A través del manejo sistemático de la proyección pública. Mediante la  íntima vinculación de la imagen  personal con la noticia escandalosa o el dato estremecedor, independientemente de que detrás del glamour de las vallas, retocadas con fotoshop, se encuentre un anónimo y laborioso equipo de periodistas  investigadores encargados de armar las  historias dirigidas al público expectante.

 

Emilia Pereyra es periodista y escritora

empereyra22@yahoo.es

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